Piedra Alta y Cerro Largo

Entre los innumerables tablados que desde centenares de esquinas inventaron la versión más popular de nuestro carnaval, elijo el de Piedra Alta y Cerro Largo. En parte porque fue uno de los más tradicionales y de los que sobrevivió por más tiempo, pero también porque fue el mío, el de mi infancia.

Nació en 1919 y durante la década del 20 la prensa registra su presencia bajo el sugestivo título de Tablado Mefistófeles. Pero su época de oro transcurre entre el final de los años 50 y el despuntar de los 70, logrando en poco más de una década un desempeño sobresaliente en el concurso municipal de escenarios barriales: siete primeros premios, un segundo y tres terceros.

Junto a la participación de toda la barriada, hay nombres ligados definitivamente a aquella historia: Julio Marotta, animador del tablado y promotor incansable de las rifas que eran algo así como el bingo de hoy; Manuel Chouzal, presidente por años de la ‘digna comisión’; José Pellicer y su hijo Ruben, propietarios del infaltable ‘boliche de la esquina’; Evis Aguiar, Miguel Cherro o Jorge Canclini, creadores de las escenografías que año a año plasmaban sobre las tablas motivos inspirados en la vida cotidiana de entonces: el furor del hula hoop, la novedad del cinerama, el impacto de películas como Los Vikingos, o el escándalo de La Dolce Vita de Fellini.

El eco de aquellos febreros revive en mil anécdotas como la del 64 que habla de un tambor de alambre y papel pintado que medía tres metros de diámetro y nueve de largo, y cuya colocación sobre el escenario fue toda una proeza: más de veinte vecinos trabajaron durante horas para bajar el armatoste desde dos azoteas, mientras el barrio entero seguía expectante el delicado operativo. O la peregrinación de los integrantes de la Comisión que, luego de obtener el primer premio de 1966, marcharon a San Cono a pie, seguidos de cerca por Marotta que, en razón de su peso, cumplió la promesa pero motorizado. O la tenacidad con que Piedra Alta y Cerro Largo siguió apostando a Momo aun en los 70, cuando el Uruguay en crisis ya se había llevado los muñecos del tablado y las medidas prontas de seguridad justificaban un título como el del 71: Estamos con el metro.

Hoy he vuelto a caminar por esa cuadra y mientras trato de esquivar la trampa que decreta que carnavales eran los de antes, descubro huellas de todo aquello en dos placas adosadas a un muro de lo que fuera el boliche de los Pellicer. Una de ellas rememora el homenaje dedicado en 1964 a la memoria de Salvador Granata por parte de la Comisión del tablado, DAECPU y CX 42. La otra dice así:

En este barrio, el Cordón

En esta esquina, Piedra Alta y Cerro Largo

se realizaron los mejores tablados artísticos

del carnaval uruguayo.

Imagen: Tablado Oh… dulce vida!! Carnaval 1961. Colección Milita Alfaro.

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