Entre el castigo del cuerpo y la domesticación del alma

Eran las once y media de la noche del 26 de febrero de 1881 –víspera del carnaval de aquel año- cuando estalló el voraz incendio que destruyó buena parte de las instalaciones de la Escuela de Artes y Oficios, ubicada en el predio que hoy ocupa el edificio central de la Universidad de la República, en 18 de Julio y Eduardo Acevedo.

La institución había sido creada por el Coronel Lorenzo Latorre en 1878 con el objetivo de albergar a ‘menores incorregibles’ o carentes de subsistencia. En el marco del ‘militarismo’, la Escuela funcionó bajo la órbita del Ministerio de Guerra y Marina y el régimen que le fue impuesto se pareció mucho más al de un establecimiento penitenciario que al de un centro educativo. Más aún después de 1880, año en que la dirección del organismo quedó a cargo del Sargento Mayor Juan Belinzón, hombre de confianza de Máximo Santos y sindicado como el principal responsable de innumerables abusos que provocaron violentas protestas por parte de su alumnado.

Es probable que el incendio de 1881 haya sido la culminación de aquel clima de violencia cotidiana pero, aparte de la firme convicción sobre el carácter intencional del siniestro, las circunstancias concretas que lo rodearon nunca fueron esclarecidas del todo. Sin embargo, el mero hecho de que los niños y adolescentes allí recluidos hayan elegido la víspera de carnaval para consumar sus propósitos, parece ser un indicio claro del sentido compensatorio que ha ostentado la fiesta a lo largo de la historia.

Como consecuencia de aquel incendio, en el entorno de 1890 la Escuela pasó a funcionar en el nuevo edificio de San Salvador y Minas que hoy ocupa la Universidad del Trabajo. Allí estuvo ubicada durante décadas la vieja Puerta de la Ciudadela que finalmente, en 1959, fue trasladada al actual emplazamiento de Plaza Independencia y Sarandí donde, a la vez que marca la entrada a la Ciudad Vieja, recrea el lugar que ocupó el histórico pórtico en el complejo de fortificaciones que rodeó a la ciudad en tiempos de la colonia.

Pero volvamos a 1890 para dar cuenta de los decisivos cambios que experimentó la institución en la última década del siglo XIX en que dejó de funcionar bajo la órbita del Ministerio de Guerra y Marina y empezó a parecerse a un establecimiento educativo. En ese contexto, los alumnos que aprendían diversos oficios en sus talleres organizaron sociedades carnavalescas cuyo perfil contrasta vivamente con la rebeldía de generaciones anteriores. Una de esas agrupaciones se llamó Obreros Uruguayos (👉https://anaforas.fic.edu.uy/jspui/handle/123456789/49603) y las estrofas que siguen pertenecen al Himno al Trabajo que entonó en el carnaval de 1900:

‘Agítese el martillo / cuál cetro prepotente
que en eso va la idea / que encarna la virtud.
¡Obreros, al trabajo! / Vuestro taller es templo
do la honradez anida / en plácida quietud.

¡Obreros, al trabajo! / ¿Qué importa la fatiga
si vuestros hijos duermen / el ruido del taller?
No desmayéis, hermanos, / que la labor obliga.
¡Obreros, al trabajo! / Ya empieza a amanecer.’

▶ Imagen: grupo de estudiantes de la Escuela Nacional de Artes y Oficios. Avenida 18 de Julio, esquina calle Dr. Eduardo Acevedo. Año 1882.
Archivo fotográfico del Centro Cultural Pedro Figari, CETP-UTU. Muestra por los 140 años de UTU del CdF.

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